Es curioso como últimamente los recuerdos vienen sin avisar. Tengo suerte, porque nunca son tristes ni amargos. Siempre vienen a visitarme los buenos. Llegan, están un rato conmigo y se van dejando ese sabor de boca tan rico y agradable. Es como soñar algo bonito, es la misma sensación.

No necesito fotografías. Ni necesito un cajón donde guárdalos y sacarlos cuando los echo de menos. Los cajones son para guardar cosas, no recuerdos. Además, éstos siempre llegan solos.

Últimamente son los recuerdos de mi infancia los que rondan y vienen de visita. Esa infancia feliz y rara, de gafas de pasta, familia numerosa, mimos, peleas de hermanitos y curas despiadados. Hasta lo malo fue bueno. Y una cosa curiosa es que todo lo veo en color. No veo nada en sepia ni des saturado.

El día que fui al circo

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